Cuando la garganta de Bambino se apagó, hace ahora cuatro años, en su refugio de Utrera, a muchos se nos fue algo de nuestra propia vida. Quizá no lo sabíamos, pero aquella voz punzante, que marcaba las frases con una intención feroz o un deje a la vez canalla y distinguido, formaba parte de nuestros sentimientos y había apuntalado, como una sabia sugerencia, nuestros primeros pasos en la jungla de la vida. Sé que no hablo solo por mí si pienso en cuántas veces un retazo de alguna de sus canciones cruzaba por las mentes, como un cometa, o se dejaba oír estratégicamente en la soledad de un bar, para posársenos en la piel a esa hora en que el desengaño nos pillaba desprevenidos.bambino-revista

Sí, tal vez haya quien no lo sepa todavía, pero Bambino nos ayudó a vivir sin leernos la cartilla; tomando al asalto viejos temas que, quizá, bailaron nuestros padres y traduciéndolos a la subversión de la rumba, para que aprendiéramos a dar nuevos pasos sobre los pasos ya dados. Apostó por el descarado disfrute, por el baile cuerpo a cuerpo, y no se equivocó. Él conocía como nadie el poder regenerador del ritmo y manejaba el lenguaje del reproche que nos legó la tradición afrocubana. No se cortó un pelo en forzar la cerradura y hacer salir a la copla del armario. Fue, desde luego, una autoridad en el arte de cazar canciones al vuelo y pasarlas por el tamiz salvaje de su poder expresivo; lo mismo que, al otro lado del choarco, hiciera aquel vendaval conocido por La Lupe. Pero nunca fue un simple y oportunista versioneador, ni un rastreador de hits de pacotilla, y se le importaron un pito las directrices comerciales al uso. Si conoció el éxito fue, probablemente, a su pesar y siempre por instinto. Bambino, nuestro Bambino, es el último dinosaurio de aquella especie que solo concebía el escenario como espacio en el que dejarse la piel. Era legal e inimitable, por mucho que Raphael aún persista en remedarle mediante patéticas parodias de sus gestos.

A algunos se nos fue, otros nunca lo tuvieron. A la flamencología, fatalmente, se le escapó por las costuras. Nunca pudieron atraparlo y clavarlo en el corcho como a la variedad rara de escarabajo que buscaban, ni escudriñar las variables de su currículum para dictaminar si era digno o no de entrar en los índices de sus libracos. Ni siquiera se molestaron en escuchar sus discos, aunque tampoco se atrevieron a ignorarlo de plano. Optaron, condescendientes, por archivarlo en los últimos renglones -muy personales, eso sí- del rácano espacio dedicado al fenómeno rumbero de los 70. Algunos, más conciliadores, llegaron a lamentar el hecho de que malgastase su talento en estilos nimios, pudiendo ser más largo … Claro, que a Bambino ni le iban ni le venían esas apreciaciones. Bien sabía, y bien sabemos nosotros, que la sangre más rancia de la gitanería de Utrera corría por sus venas y alimentaba su compás. De su parentesco con Fernanda, Bernarda, Funi, de toda la tradición utrerana, le venía la habilidad de encajar por bulerías cualquier canción. Solo que él, más largo en el instinto, nunca elegía una canción cualquiera. Llevaba dentro un ideal de belleza rebelde que sólo podía materializar apoderándose de letras extremas, que siempre parecían expresamente escritas para él. Ese límite difuso entre amor y odio fue el peligroso territorio que exploró durante toda su vida; y no es que, para hacerlo, le sobraran los demás estilos, es que le bastó con la rumba y la bulería. Una postura demasiado radical, minimalista si se quiere, para entrar en el juego de esquemas que justifica la existencia de la flamencología y su vocación de embalsamamiento. Tan radical y tan adelantada, que ni siquiera los flamenquitos del nuevo siglo, tan despiertos de oído, tendrían a la vista un cacho foto, ni suya ni de La Perla.

Antonio Valentín.

Antonio Valentín.

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