Han pasado diez años desde que Bambino se marchó de gira a tierras tan lejanas como desconocidas. Se fue él solo, sin combo flamenco, sin guitarristas y sin palmeros. Tal vez confiaba encontrar figuras dignas de su arte en el lugar al que se iba. Lo cierto es que a las cinco de la tarde de un cinco de mayo de mil novecientos noventa y nueve, Bambino nos dejó para siempre y desde entonces envidiamos a quienes hayan tenido la suerte de escucharlo, donde quiera que se encuentre, en compañía de sus compadres utreranos. ¡Qué fiestas flamencas estarán protagonizando Bambino, Manuel de Angustias, Gaspar, Perrate, Turronero, , Fernanda y Enrique! Agua se nos hace la boca al imaginar el cuadro de artistas que arrasa por todos los tablaos de la gloria.Si el cuerpo diplomático de Utrera conquistó Madrid en la década de los sesenta y de los setenta con figuras irrepetibles del flamenco, el sentimiento, el desparpajo y la novedad que Bambino imprimió a sus actuaciones le hicieron merecedor desde muy joven de un reconocimiento incontestable. Decía Miguel que había creado un estilo propio, que para repetir los cantes flamencos canónicos ya había otros maestros, que lo suyo era llevar a los escenarios de medio mundo la alegría y el compás que, de vez en cuando, se conjugaba a través del cante y del baile en el patio de la casa de su madre Frasquita.

Muy bien lo hizo don Miguel Vargas Jiménez. Muy bien supo trasladar ese ritmo contagioso de la bulería y de la rumba a un país que necesitaba, como el comer, escuchar historias que se apartaran del horizonte rural para ceñirse a las vivencias del hombre y de la mujer de la ciudad. Ésa fue la revolución que protagonizó Bambino. Fue el primer cantaor que se atrevió a compartir con el público unos sentimientos comunes. La poética flamenca cambió de sujeto y de objeto en su garganta. En sus grabaciones ya no venían utreranitas por el camino, ya no se elogiaban las torres de las iglesias ni se desplegaban prados y amapolas, lunas o toros enamorados, al oído del respetable. Bambino fue el primer cantaor urbano que conectó con la juventud de los años sesenta. Y lo consiguió al utilizar el lenguaje emocional que sus oyentes le demandaban. Historias de traiciones, de celos, de reconciliaciones, de amores locos, de sueños rotos o de ilusiones perdidas, pueblan la discografía de Bambino. Y pueblan también la memoria de quienes lo aplaudían y lo reconocían como su portavoz más auténtico.

Pero sería mezquino quedarnos sólo con el mensaje que Bambino transmitía. Es importante, pero parcial. La otra cara de la moneda nos muestra a don Miguel Vargas Jiménez impartiendo un magisterio de cátedra flamenca durante cuarenta años. ¿Quién puso banderillas al flamenco? ¿Quién cantó de pie y por derecho? ¿Quién dominaba el escenario como si fuera de su propiedad? ¿Quién se atrevió a cantar y a bailar al mismo tiempo? ¿Quién vivía sin límites las historias que iba desgranando con su voz rota? ¿Quién aprendía y tomaba buena nota de las letras que dramatizaba para consumo de su propia existencia?

La respuesta a todas estas preguntas tiene un sólo nombre: Bambino. Le han tildado flamencólogos modernos de máximo exponente de la rumba dramática. Bien. Vale. Pero siempre que a continuación se añada que conseguía con sus bulerías y con sus rumbas transmitir emoción a raudales y pellizcar el corazón de sus oyentes. No aguantaba el play back. Sólo era Bambino cuando cantaba en directo, cuando lanzaba sus exorcismos de gitano de raza y entraba en gozosa comunión con sus admiradores del tablao, de la sala de fiestas o de la discoteca. Bambino era y es un bálsamo contra la depresión y contra el desánimo. Acierta quien es capaz de conectar sus neuronas, no con impulsos eléctricos de medio pelo, sino con el ritmo, el frenesí y la fiesta infinita de las canciones de Bambino.

Han pasado diez años desde que se fue sin avisar. Quienes aún seguimos aquí, nos hemos impuesto la tarea de difundir su obra a los infieles y de explicarla en profundidad a los conversos. Los resultados han sido modestos, humildes, aunque también satisfactorios. Un libro editado en dos mil tres retrata con luces y sombras al cantaor, una estatua en la plaza de Trianilla erigida en dos mil cinco lo inmortaliza, una página web inaugurada en dos mil ocho propaga su vida y su huella artística por el ciberespacio. ¿Qué más se puede pedir?

Habrá quien llore por los rincones, quien eche de menos esto y lo otro, quien pida la luna o quien se conforme con seguir avanzando. Bambino dijo en una ocasión, tenía poco más de veinticinco años, que a él no había quien le sujetara, que no le importaba morir joven, pero que quería saber hasta dónde podía llegar. Palabras sobrecogedoras viniendo de un joven artista que tenía encandilado a medio Madrid, palabras que sus amigos, y también quienes no le conocimos, recogemos para hacer balance y para hacer saber al mundo entero que valió la pena su esfuerzo porque la obra de Bambino y su filosofía vital llegaron a cada uno de nosotros como un alimento espiritual sin parangón posible.

Unidos en el empeño de preservar y de divulgar el mensaje existencial y artístico de Bambino, nos ha parecido a todos sus amigos una buena oportunidad esta celebración del décimo aniversario de su salida hacia una gira cósmica, para presentar a todos ustedes diversos actos con un objetivo común. “Diez años sin Bambino” se articula como una semana de homenajes a don Miguel Vargas Jiménez, y, al mismo tiempo, como un punto de partida para nuevas conquistas. La más pretenciosa tendría que ver con la difusión constante y mayoritaria de su obra. La menos, con seguir año a año recordándolo.

Si recordar es volver a vivir, todos deseamos, todos queremos, todos ansiamos que se alce el telón y que comparezca de nuevo Bambino para hacernos vivir apasionadamente el tormento gozoso de su voz. Y si, como es previsible que suceda, el cantaor sigue de gira por el paraíso y sus compromisos le impiden actuar para todos nosotros, nos inundará la felicidad al comprobar que, en cada uno de los actos programados en Utrera, el espíritu de su magisterio flamenco sigue vivo y tan fresco como el primer día.

Gracias, Bambino, porque conjuras el silencio y la amargura, porque transformas la oscuridad en la más radiante de las alegrías.
SANTIAGO GONZÁLEZ SACRISTÁN – Marzo 2009

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