Desde aquel trágico día de 1999, cinco de mayo para más señas, cuando sonaron a las cinco de la tarde, en un murmullo casi indescifrable, las últimas palabras de su garganta rota en la humilde habitación de su hermana María, en plena barriada de El Tinte de Utrera y a un tiro de piedra de la casa que compró para su madre Frasquita con los primeros duros ganados en Madrid, nos quedamos sin Miguel Vargas Jiménez para los restos. Murió Miguel pero Bambino le sobrevivió y le sobrevivirá durante infinitos años.

Con el paso del tiempo hemos aprendido todos sus admiradores a vivir sin su presencia, hemos hecho de tripas corazón para conformarnos con escuchar ya sólo sus ciento sesenta y seis canciones grabadas, nos hemos resignado a contemplar vacío el escenario y, por fin, hemos aceptado que jamás volverá Miguel a llenarlo con su torbellino de pasión, con su dramatismo gozoso de bulerías y de rumbas disparadas directamente al centro mismo del sentimiento del espectador.

Desde aquel trágico día hemos dejado de ser espectadores para ser oyentes, aunque la magia de sus interpretaciones, tan frescas y tan vivas hoy como el día que se impresionaron en el vinilo, nos reconforta y nos consuela de tanta amargura por su partida. Sigue siendo válido aquel axioma enunciado por alguno de sus devotos más notables: canción que interpreta Bambino, canción que ya no es la misma en otra garganta. Miguel dio un paso más que el resto de sus colegas a la hora de poner voz a los sentimientos ajenos. Los hizo suyos en una catarsis emparentada seguramente con ceremonias ancestrales de la gitanería. Bambino no sólo cantaba lo que vivía, sino que vivía lo que cantaba. El desenlace de este proceso dual es admirable. Como en un guiso hogareño, realizado con los mejores ingredientes y sazonado con las especias más apetitosas, la obra de Miguel nos ofrece un alimento espiritual preñado de ritmo, sinceridad, emoción, fuerza y pasión por vivir, tan fecundo como exquisito, del que muchos ya no podemos prescindir en nuestra existencia ni queremos de ninguna manera que se agote.

El cuarto aniversario de su marcha coincidió con la edición del libro “La Fiesta Infinita”, una biografía novelada de la vida de Miguel, en la que intenté profundizar en su memoria mostrando rasgos de su personalidad, del entorno en el que creció, de su evolución como ser humano y de su triunfo absoluto en cuatro décadas de magisterio flamenco con un estilo propio, copiado por tantos pero jamás superado por ninguno. ¿Qué dijo Camarón de Bambino? Ahí quedan para la posteridad sus palabras: “El artista de los artistas”. ¡Casi ná! Como si dijéramos el premio Nóbel del arte o más.

A los siete años de su marcha se levantó la estatua que lo inmortaliza en la plaza de la Trianilla. Tuve el placer de presentar el acto de la inauguración oficial y ni se me olvidan ni se me olvidarán las lágrimas de los gitanos al contemplar a Bambino fundido en bronce. Vigila el cantaor con su brazo extendido y con su mirada profunda a cuantos entran y salen de Utrera, como un utrerano más. Los demás se mueven, él no; él, Bambino, permanece quieto, tranquilo, sereno, sobrado ya de experiencias, como si quisiera mostrar al mundo y al tiempo el sosiego ganado tras cincuenta y nueve años de vivir al límite, de gozar al límite y de entregarnos el tesoro de la más hermosa, intensa y apasionada obra musical que vieron los siglos.

Menos de un año queda para que se cumpla el décimo aniversario de su muerte. Aquellos que admiraron su estampa de gitano juncal en Torres Bermejas o en Nueva Romana, aquellos que gozaron con su cante y con su baile en El Duende o en Los Canasteros, aquellos que lo vieron por infinidad de locales en toda España o aquellos otros, es mi caso, que sólo le recuerdan por las rumbas con las que cerraban la música en las discotecas, estamos obligados a honrar su memoria y a demostrar, diez años después, que su legado sigue siendo más actual que nunca.

Estamos todos convocados en Utrera el día cinco de mayo del año dos mil nueve a expresar nuestro reconocimiento a Miguel Vargas Jiménez, “Bambino”. Nuestra voz tiene que oírse en una sola para manifestar que la huella de Bambino sigue y seguirá siendo imborrable. Luego callaremos todos para escuchar de nuevo por rumbas o por bulerías al cantaor.
Siempre Bambino.

SANTIAGO GONZÁLEZ SACRISTÁN - Mayo 2008

 

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